martes 29 de junio de 2010

Crítica KLOPKA (THE TRAP)


Por Leo Aquiba Senderovsky

The trap, como se la conoció internacionalmente, llevaba tres años de demora en su estreno en España, que se saldan en el momento en que la vemos, y agradecemos que al menos se haya estrenado. Este es un drama duro, asfixiante, que funciona tanto dentro de su contexto, como un retrato espeluznante de una Belgrado arrasada por los conflictos armados y económicos, como fuera de él, ya que el debate moral que plantea es tan radical como universal. Este planteo fue tomado por el cine americano en varias oportunidades. Podríamos hacer una larga lista de las películas que plantean hasta dónde es capaz de llegar un hombre por salvar a su hijo. Sin embargo, The trap toma esta base y la incorpora a un relato de una creciente desolación, donde el thriller es parte de la realidad que se construye en torno a esta situación límite, con un padre que necesita dinero para operar a su hijo y es tentado por un extraño para matar a un hombre a cambio de la suma que necesita.

A diferencia de cualquier thriller americano, no vemos un debate sostenido en torno a la posibilidad de cometer ese acto, sino que el drama se acentúa al exponer las consecuencias de haber cometido el hecho. Mladen mata al hombre señalado, y a partir de allí la culpa lo atormenta, el dinero por el trabajo sucio no aparece nunca, la desesperación aumenta y esta acción lo lleva a Mladen a convertirse en un sujeto definitivamente enajenado, que, enceguecido por haber caído en la trampa de un estafador, se vuelve incapaz de sostener a su familia. El sentimiento desgarrador de Mladen se acrecienta cuando entra en juego la hija del hombre al que mató, quien resulta ser compañera de colegio de su hijo (esta casualidad es una concesión de la trama que se tolera como un dato más dentro del clima sórdido del relato) y, especialmente, cuando aparece la mujer de éste, y Mladen busca ayudarla en el intento vano de lavar sus culpas.

Lo interesante de este film es que toma de la versión americana de este tipo de historias solamente lo que le es útil en su planteo desencantado de la realidad que se vive en una Serbia devastada. Esto implica que la película no decanta en un vehículo al servicio del entretenimiento, ni llega a una resolución pretendidamente feliz. No hay nada en la película que augure un final concesivo, y el desenlace se apoya en ese desarrollo angustiante y desgarrador.

La interpretación que sostiene Nebojsa Glogovac en la piel de Mladen, consigue que nos identifiquemos con la desesperación de su personaje, aunque su rostro, permanentemente gravitando entre lo apocado y lo desencajado, no nos llega a transmitir del todo la transformación del personaje, producto de la forma en que actúa para salvar a su hijo. Sin embargo, este elemento vital no desluce una película inteligente en su construcción de género, que se sostiene plenamente en el desolador contexto que refleja. El conflicto que se narra, en cambio, no depende de ese contexto, porque es de naturaleza universal, y el correlato geográfico y temporal le aporta mayor autenticidad al drama.


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lunes 28 de junio de 2010

Crítica THE WOLFMAN


Título en español: EL HOMBRE LOBO

Por Leo Aquiba Senderovsky

La primera pregunta que cabe hacerse es cuál es el motivo de reflotar uno de los emblemas del cine de terror clásico. Se me ocurren dos motivos esenciales: El homenaje a aquella saga iniciada por el film de 1941 protagonizado por Lon Chaney, o el mero refrito destinado a reabrir una franquicia. Si el logo de Universal oportunamente adaptado en clave homenaje (no sólo a aquel cine de terror, sino a los inicios del estudio) podía augurar lo primero, el desarrollo de la película nos señala que el único motivo posible es el segundo.

¿De qué otro modo deberíamos considerar a un film que intenta lograr una cohesión entre el drama con tintes netamente shakespearianos y el cine de terror con pincelazos de gore? Esta remake de El hombre lobo no es otra cosa que esto, una película que todo el tiempo intenta navegar en dos aguas aparentemente opuestas, dejando como resultado un tanque tan gigante como carente de orificios por los cuales respirar.

No estamos afirmando que no se pueda hacer un film de terror con una esencia argumental cercana a Hamlet, pero para Joe Johnston (un realizador en cuyo prontuario, totalmente alejado de las aristas de este film, figuran Cariño, he encogido a los niños, Jumanji y Jurassic Park III) esta mezcla pesa muchísimo. A tal punto pesa que la película no parece decidirse entre el duelo padre-hijo (lejos lo mejor, con dos actores imponentes, Hopkins y Del Toro), el culebrón con una mujer debatiéndose entre dos hermanos, y el terror, de la mano del monstruo del título. Y como la película no se decide, vemos simplemente un argumento que se desarrolla bajo un ritmo pesadísimo, y con un esforzado intento por equilibrar todos los condimentos sin que se note la diferencia de peso y de valor entre ellos.

De El hombre lobo esperaríamos una película capaz de asustarnos, y si esto pudiese sostenerse, no nos molestaría que se pretenda construir un relato con un potente duelo de personajes y de interpretaciones. Todo lo contrario, sentiríamos que se le ha encontrado un condimento especial a este producto. Pero al privilegiar la pesadez y la gravedad del conjunto, no hay espacio ni siquiera para que nos asustemos, aún con toda la sangre que corre. Para replantear un relato del cine clásico es necesario potenciar su efecto, y no hablamos del poder de los efectos especiales de la actualidad, sino de renovar la reacción que el film original provocó en los espectadores. De otro modo nos encontramos con productos como éste, excesivamente solemnes, prácticamente nulos en su concepción del terror y sólo mínimamente interesante en la constitución de sus personajes.

El telón de fondo, una oscuridad que no mete miedo ni ilumina nuestra imaginación, simplemente una oscuridad que domina la trama y duplica su pesadez. La decepción está en que, detrás de esa oscuridad, no sólo no hay nada nuevo bajo el Sol, sino que lo que hay es una mera apuesta a reflotar uno de esos clásicos que jamás lograrán volver a meter miedo como la primera vez.

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Crítica KICK ASS


Por Leo Aquiba Senderovsky

Debo comenzar diciendo que Kick Ass me gustó mucho. No sólo me gustó sino que me parece de los pocos films americanos que realmente tienen la capacidad de sorprender y aportar una brisa de aire fresco a la extensa lista de estrenos americanos, que navegan entre el refrito mediocre, la fórmula genérica mediocre, las comedias (de malas a excelentes) y el cine de animación, que viene sorprendiendo desde hace ya muchos años.

Esta afirmación inicial responde a la polarización que ha habido en la crítica en torno a esta película. Desde su condena por lo políticamente incorrecto de algunas situaciones y personajes, los elogios en otro sector por ese mismo motivo (aunque con el reparo de que no es todo lo oscura e incorrecta que debería ser), y los que simplemente la disfrutaron. Yo pude disfrutarla como un espectador más, porque el vehículo es lo que prima, antes que su contenido más o menos incorrecto. Debo decir que no me pareció moralmente reprobable, como señalaron varios críticos (busquen la crítica de Roger Ebert y verán). Habiendo leído, antes de ver la película, lo que escribió Ebert, esperaba un lenguaje más soez por parte de la niña, y es fácil entender el tándem padre enloquecido-hija vengativa como una sátira descarada del fascismo habitual en la sociedad americana (muchos de los que objetaron el lenguaje de Hit Girl seguramente no se escandalizan ante el cúmulo de thrillers que celebran la justicia por mano propia).


La realidad es que cualquier crítica a favor o en contra de los aspectos más violentos del film parecería quedar anulada frente a un vehículo de entretenimiento que combina hábilmente acción con comedia satírica de espíritu independiente. Naturalmente, los elementos están y es imposible analizar la película sin considerar estos aspectos, pero el conjunto aprovecha estos aspectos sin detenerse demasiado en estos, ni para generar polémica, ni para erigir un discurso crítico del fascismo americano.

Diría que la película se queda a medio camino con la oscuridad que siembra a través de la educación que le brinda Damon Mcready (Nicolas Cage en plan desatado, en la línea del personaje que encarnó en la última de Herzog, pero sin drogas de por medio) a su hija. No es reprobable que la película celebre esa educación, porque la entiende como una evidente ironía, en la línea irónica que sostiene el cómic al hacer su lectura de la realidad. Quizás lo que se le puede objetar es que no vaya más allá de la mera celebración, por el simple hecho de que esta línea argumental es secundaria. Y ahí es donde podemos encontrar lo más criticable de este film.

El protagonista, el joven Dave Lizewski, se ampara en la angustia adolescente y en el hecho de que su vida carece de emoción, para antojársele disfrazarse de superhéroe y patrullar las calles. Simplemente se pregunta por qué un superhéroe debe tener traumas que lo vuelven un ser vengativo o debe poseer fuerzas sobrenaturales para calzarse un disfraz y hacer el bien. Está claro que lo que lo lleva a animarse a jugar al superhéroe es su necesidad de probar su coraje ante situaciones límite, como también está claro que su figura de adolescente perdedor es la misma que se repite hasta el hartazgo en la comedia americana, preferentemente en la comedia indie, aunque aquí el personaje no posee elementos que justifiquen realmente que sea un joven invisible para el sexo opuesto y que posea todos los karmas de los jóvenes que peor transitan la adolescencia (hasta sus amigos tienen aspecto de ser más perdedores que él, y parecen transitarla con menos angustia, o por lo menos, sin ideas tan estrafalarias como ingenuas). En esta realidad paralela de niños y adolescentes tomando el lugar de los superhéroes que no existen en la vida real, con toda la carga autoconsciente que conlleva esa lectura del cómic, a Dave Lizewski lo acompañan en la aventura, la mencionada Hit Girl/Mindy Mcready y Chris D’Amico, quien se viste de Red Mist (Bruma Roja) y es una suerte de némesis de Dave, un joven obsesionado con conocer y proteger los intereses de su mafioso padre.

La premisa que sostiene Dave a la hora de calzarse la vestimenta de superhéroe (y por ende, la premisa inicial del film), se contradice con el perfil de los dos jóvenes que construyen, como él, una doble identidad. Lo curioso es que el protagonismo de Dave/Kick Ass carece de sustento frente a la naturaleza de Mindy/Hit Girl, más ligada a la construcción psicológica de un superhéroe tradicional, y a la mucho más contundente personificación de adolescente perdedor de Christopher Mintz-Plasse como Chris D’Amico/Red Mist.

El otro elemento discutible es que la película ironiza permanentemente sobre la naturaleza de los superhéroes, pero al darle mayor peso en la última parte a Hit Girl y a Red Mist, sumado a la acción de las secuencias finales, la película termina adoptando la forma de una adaptación de cómic con superhéroes tradicionales, dejando de lado la idea de parodia de este esquema que dispara la trama.

Frente al cúmulo de adaptaciones de comics que vemos en el cine americano actual, Kick Ass logra sorprendernos gratamente, aún con sus fallas y sus indecisiones, hábilmente enmascaradas en un vehículo que funciona y entretiene desde el minuto uno. De todas maneras, una película protagonizada por Hit Girl o por Red Mist sería mucho más interesante.

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jueves 24 de junio de 2010

Crítica DOS HERMANOS


Por Leo Aquiba Senderovsky

El director argentino Daniel Burman, pasó de la contundente “trilogía de los Ariel” (con protagonista en proceso madurativo, inmerso en la comunidad judía de Buenos Aires y con evidentes ribetes autobiográficos) a El nido vacío, un término medio entre la comedia dramática familiar más universal y la que sólo Burman podía concebir. Ahora, con su siguiente película, Dos hermanos, se desprende definitivamente de su experiencia o de su fantasía personal (estaba claro con la anterior que Burman imaginaba, desde su primera paternidad, cómo se reconstruye el sujeto una vez que los hijos se van de la casa) para pasar a un film familiar con el que toda la gente mayor pudiera identificarse.

Al ver la película, está claro que Burman es un agudo observador de las personas, con todas sus virtudes y sus miserias. Burman sabe encontrar en la gente aquello que le sirve para sus relatos y sus personajes. En este caso ha logrado componer dos caracteres diametralmente diferentes y enfrentarlos en una pieza que encuentra en el ejercicio de poder de un personaje hacia el otro (de Susana hacia Marcos), la punta del ovillo de un conflicto familiar que, conforme se desarrolla la trama, se irá resolviendo.

El otro aspecto esencial del trabajo de Burman se encuentra, naturalmente, en la dirección de actores. Si en el caso de El nido vacío se valió de una dupla con una historia de pareja televisiva que quedó grabada en la memoria de los argentinos, en Dos hermanos trabaja con dos nombres fuertes de la cultura nacional, Graciela Borges, una de las pocas estrellas, sino la única, del cine argentino de los sesenta que aún se encuentra en actividad, y Antonio Gasalla, con amplísima trayectoria como cómico televisivo y teatral, y prácticamente ningún personaje en cine capaz de exponer su talento. Burman los emplea en dos personajes que captan lo mejor de uno y de otro, y salvo algunos mohines graciosos, es difícil encontrar, principalmente en Marcos, el germen de los papeles habituales de Gasalla en sus comedias. Cuando vemos Dos hermanos, especialmente los argentinos, que conocemos de sobra a estos dos actores, conseguimos despegarnos de Borges y Gasalla y ver en ellos a Susana y a Marcos.

Este trabajo compositivo se vale más de un elaborado perfil de personajes que de una trama capaz de sostenerlos y enfrentarlos con habilidad. Burman logra exponer el conflicto pero éste finalmente se desluce en su desarrollo, con muchas escenas que resienten la trama y algunas disgresiones que intentan darle un respiro al enfrentamiento entre la mitómana y dominante Susana y el triste y apocado Marcos, pero que se encuentran desconectados de los personajes. Ejemplos de esto son la escena en la que Marcos comienza a robar comida de una recepción, un momento gracioso pero que no se sostiene ni muestra una faceta del personaje que luego se retome, o el musical con los créditos finales. Cuando Burman insertó un musical en El nido vacío lo hizo amparándose en una fantasía del protagonista, en Dos hermanos esta escena divorciada de la película (no podría decirse que pertenezca a ella, porque aparece como un mero condimento de los créditos) sólo parece mostrar el interés del director por el musical, algo raro en un director que no se caracterizó nunca por colocar escenas alejadas de la naturaleza de sus personajes.

Lo que puede deducirse es que Burman intentó, y por momentos logró, conectarse con las preocupaciones y los reencuentros afectivos en el mundo de la tercera edad, pero en muchos momentos la extensión de un conflicto que se deshilacha a medida que transcurre la trama, hasta resolverse por algún recuerdo pequeño reelaborado en el presente, demuestran que Burman está lejos de poder identificarse con esos personajes, y comprender su naturaleza a través de esa identificación. La edad, en este caso, le ha jugado en contra, y es por eso que ha condimentado la película con escenas que no encuentran asidero dentro del conflicto y de los personajes.

Curiosamente (o no tan curiosamente, dados los nombres que protagonizan y la fuerte campaña promocional), esta película sorprendió en taquilla en su estreno local, y probablemente haya sido el mayor éxito de Burman en salas argentinas. Conociendo la dedicación y el empeño que Burman le pone a sus obras, es muy probable que no se quede con lo que le dictan las cifras y entienda que esta propuesta exhibe más fallas en su construcción que sus anteriores filmes, principalmente aquellos más cercanos a la experiencia de vida del realizador, que a diferencia de Dos hermanos, ostentaban con orgullo su potente autenticidad.

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miércoles 23 de junio de 2010

Crítica LEGION


Título en Latinoamérica: LEGIÓN DE ÁNGELES

Por Leo Aquiba Senderovsky

En épocas donde Hollywood inunda las pantallas del mundo con relatos apocalípticos o postapocalípticos (los últimos se destacan cuanto menos explican las causas del fin del mundo y más se adentran en la descripción del terreno salvaje que sobrevivió al Apocalipsis), otra película del estilo llega a nuestras pantallas para obtener el título del film apocalíptico más intrascendente de los últimos tiempos: Legion.

La película dirigida por el especialista en efectos especiales Scott Stewart, debutante en la dirección, nos acerca una versión del fin del mundo que mezcla iconografía cristiana con zombies, sin que esa mezcla decante o esté basada en un planteo paródico. Todo lo contrario, Legion suma sin sentido a medida que avanza la trama, y ese sin sentido contrasta con la carga de solemnidad que le han querido dar al asunto. Al parecer, quienes han estrado detrás de esta producción desconocen los mejores ejemplos de films apocalípticos, o los han ignorado de cuajo, como así también parecería que desconocen los films de George Romero, el máximo exponente del cine de zombies.

La primera pregunta que cabe hacerse es a quién se le ha ocurrido mezclar la iconografía religiosa del fin del mundo con los “no muertos”. Es verdad que el cine de zombies suele poner en escena una humanidad en crisis absoluta, pero de ahí a que algo bueno pueda salir de la mezcla de este componente terrorífico con un fin del mundo representado por ángeles vengativos y un ángel rebelde que se apiada de los supervivientes, hay un larguísimo trecho.

Paul Bettany hace lo que puede, enfrentándose a un planteo dramático que opaca por completo su talento interpretativo, mientras que Dennis Quaid es de los pocos que asumen el espíritu clase b del film (Quaid ya se siente un abonado de este tipo de producciones). Es una lástima que Stewart no asuma en la puesta en escena el desprejuicio propio del cine clase b, y crea que está ante algo serio. Como podemos imaginar, los efectos especiales y las escenas de terror son los elementos más destactados de esta película, que argumentalmente carece de una base que justifique cinematográficamente el híbrido entre el fantástico religioso y el terror, y al apelar a un relato excesivamente solemne e insufriblemente pretencioso, desmerece las pocas virtudes de un producto ya de por sí débil y, sólo por momentos, entretenido.

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Citizen Kane: El mítico escollo del operaprimista (www.mioperaprima.com.ar)

Por Leo Aquiba Senderovsky
Cinco días antes de cumplir veintiseis años, Orson Welles estrenó la que, aún hoy, es considerada por muchos la “Mejor película de la historia del cine”:Citizen Kane
Desde ya que cualquier rótulo por el estilo está directamente relacionado con aquello que la concepción académica define como lo más destacado, asumiendo que nadie puede ni podrá ver todas las películas de la historia del cine, como para emitir semejante juicio.
De cualquier modo, Citizen Kane ganó prestigio con el paso de los años y, tras el boom y los escándalos que suscitó su estreno (el hecho de que se la consideró, desde su aparición, como una parodia de la excéntrica vida del reputado empresario periodístico William Randolph Hearst, no sin un ápice de verdad), que jugaron en contra a la hora de los Oscars, se la empezó a valorar como una de las películas más revolucionarias, en cuanto a lo narrativo, lo técnico  y en cuanto a la enorme solidez del conjunto.
La película presentó por primera vez (o no por primera vez, pero sí en su versión más refinada) una innumerable serie de elementos que fueron retomados por el cine inmediatamente posterior, y algunos aspectos se han sostenido en el tiempo, hasta la actualidad. Si hoy pensamos, por ejemplo, en la enorme cantidad de películas que apelan al rompecabezas temporal, es inevitable pensar en la herencia del primer Welles, aggiornada y, a veces, menoscabada por directores mediocres.
Ese Welles de Citizen Kane apenas tenía veinticinco años, una muy corta edad que ya le había alcanzado para poner en escena varias obras de Shakespeare y para escandalizar a todo un país con su inolvidable emisión radial de La guerra de los mundos. Y a pesar de muchos comentarios posteriores, que adjudicaron la genialidad de Citizen Kane a su guionista y a su director de fotografía, a la luz de su filmografía posterior es imposible no ver en Citizen Kane la carta de presentación de un genio indiscutible.
Pese a  que todos sabemos que sólo un genio como Welles pudo concebir como ópera prima un film tan monumental y revolucionario como Citizen Kane, la película, pieza infaltable en toda academia o escuela de cine del mundo, golpea cual látigo sobre la cabeza de practicamente todos los jóvenes que desean filmar su película, en el que tal vez sea el mayor cliché de los estudiantes de cine.
Para leer la entrevista completa, click aquí.

Ayar Blasco: "Uno puede lograr lo que quiere si se lo propone" (www.mioperaprima.com.ar)

Director: Ayar Blasco
Ópera Prima: El Sol
Hablamos con Ayar Blasco, guionista, historietista y dibujante, que acaba de presentar su ópera prima, El Sol, una película, según sus propias palabras, “inclasificable”. Después de estudiar en el IDAC  de Avellaneda la carrera de Cine de Animación, fundó la productora Malcriados, que produjo el film Mercano, el Marciano, dirigido por Juan Antín y coescrito por Ayar, que también prestó su voz y realizó la Dirección de Animación.
Además de haber trabajado en varios cortos y largometrajes, nos cuenta que se “gana el sustento” como animador stop motion en publicidad, y participa de un proyecto del Gobierno de la Ciudad en el cual enseña Cine de Animación a personas en distintas situaciones marginales, por ejemplo, presos de la cárcel de Devoto.
En 2010 cumplió el sueño de estrenar su primer largometraje en solitario, El Sol. Su ópera prima es también un largo animado, pero Ayar se encarga de que no lo encasillen, y aclara que siente que en él “la animación es algo pasajero” y que quiere realizar cine de ficción, “con actores de carne y hueso”, algo en lo que ya está trabajando.
El Sol se estrenó en el Festival de Rotterdam y se proyectó en el Festival de Mar del Platay en el BAFICI de 2010. Se trata de una película “políticamente incorrecta”, con delirantes personajes para los que prestaron su voz Jorge SesánSofía Gala CastiglioneDivina GloriaLuciana Condito y… ¡el Doctor Tangalanga!
Para leer la entrevista completa, click aquí.

jueves 17 de junio de 2010

Crítica THE MARC PEASE EXPERIENCE


Título en Argentina: ESCUELA DE MÚSICA  (DVD)
Título en España: DIRECTO A LA FAMA


Por Leo Aquiba Senderovsky

Es evidente que hay un trazado de personajes que hilvana a toda la comedia americana actual, a la más industrial y a la más independiente. Es evidente también que, pese a que su rigurosidad visual le ha dado el lugar privilegiado de excéntrico outsider del cine americano, Wes Anderson, aún en la plenitud de su carrera, reparte su herencia entre las nuevas camadas de cineastas independientes. The Marc Pease Experience es una clara demostración de ello. Todd Louiso, actor que desde hace un tiempo comenzó su carrera como realizador, toma prestado de Anderson a los actores que interpretan el rol protagónico y el antagonista, Jason Schwartzman y Ben Stiller, y lo coloca a Schwartzman en la piel de un personaje inmaduro y bastante ingenuo, rol que le calza a la perfección y que lo hizo célebre en películas de Anderson como Rushmore.

Algunos elementos vinculan al film de Louiso con el cine de Anderson, y varios lo diferencian. Esta idea de comedia centrada en la frescura de aquellos a los que les cuesta abandonar su adolescencia parece extraída de su filmografía, y el signo más evidente es la utilización de ambos actores, mientras que su coqueteo con el musical y el aprovechamiento de Stiller en un rol distinto a la norma que caracteriza su filmografía aportan su granito de arena para no confundirla con una comedia de Anderson, más allá que su falta de rigurosidad estética marque una diferencia tajante con su obra.

Curiosamente, o no tanto, los aspectos que elevan la propuesta de Louiso son los más distintivos, los más alejados de la concepción de Anderson. Cuando la película se acerca al musical, abandona parcialmente la morosidad cómica de su desarrollo (si hay algo que caracteriza a The Marc Pease Experience es, lamentablemente, su ausencia de elementos netamente cómicos, más allá del traumático puntapié del personaje, que se vale por sí solo) y consigue acercarse al encanto del musical, desde su costado más patético, y con un personaje (el Marc Pease del título original, interpretado por Schwartzman) que no despierta risas, pero que se muestra coherente en su construcción de antihéroe, perdedor y anclado en una adolescencia que parece eterna. El otro elemento que sorprende es Stiller, como el soberbio profesor destinado a golpear al protagonista, evadiéndolo permanentemente, para luego repetirle que su cuarto de hora terminó antes de empezar. Con este personaje Stiller se aleja del denominador común de sus personajes, ubicándose en un rol contrario a su perfil de antihéroe tradicional, sin dejar de mostrarse creíble en ese rol.

Tristemente, estos puntos distintivos y valorables desembocan en un duelo gracioso pero de muy bajo vuelo creativo, y en una escena final, destinada a reivindicar la eterna adolescencia de Marc a fuerza de un golpe de timón que contrasta fuertemente con el principio de concientización del personaje, quien comienza a entender que su ex profesor tenía razón y decide distanciarse por primera vez de los sueños que lo atan a una época vivida casi diez años atrás. Una cosa y la otra no deberían convivir en el mismo desenlace, y si lo hacen, al menos no debería pasarse de una actitud a la otra en menos de diez minutos, cuando la lenta evolución de la trama no hacía augurar un vuelco tan repentino y abrupto.

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Crítica DATE NIGHT


Título en Argentina: UNA NOCHE FUERA DE SERIE
Título en España: NOCHE LOCA

Por Leo Aquiba Senderovsky

Shawn Levy, director de comedias infantiles y familiares, intenta ajustarse al tipo de comedia que acostumbran realizar Steve Carell y Tina Fey. Sin embargo, al momento de la ejecución, ambos actores terminan presos de un guión que les da poco lugar para la comicidad, en un enredo previsible y reproducido hasta el hartazgo, que le abre el espacio a lo policial, pero que nunca consigue traducir lo disparatado del enredo en algo propiamente cómico.

La combinación protagónica inédita daba lugar a la esperanza. El comediante cinematográfico del momento y una de las actrices y guionistas más deslumbrantes de la comedia televisiva actual, el protagonista de la remake americana de The office, y la creadora y cabeza de reparto de 30 Rock, otra exitosa serie televisiva. Con Steve Carell ya no hace falta probar nada, y a Tina Fey la hemos visto actuando y hasta escribiendo comedia para cine. Bastaba ver si entre ellos había química suficiente y si el guión que les tocaba interpretar los merecía. Date night nos muestra que les sobra química, pero han hecho lo posible con un material que se vale excesivamente de sus rostros desencajados para generar muy pocas risas.

Desde el enredo que genera el vuelco hacia el policial (la pareja protagónica, harta de la rutina familiar, se hace pasar por otra para conseguir lugar en un restaurant de moda, y son confundidos por unos matones que buscan a la pareja en cuestión), no hay mucho, salvo un par de gags y, especialmente, la interacción de la pareja con el personaje de playboy que interpreta Mark Wahlberg, que nos pueda hacer recordar que esto se trata de una comedia. Y aunque la trama avanza sin problemas, atenta en los tiempos a la fórmula de lo que una comedia policial debería entregarnos, las situaciones que describe no generan la risa esperada, y hacen falta muchos más gags para que podamos considerarla una comedia hecha y derecha.

Mientras tanto, tenemos a Carell y a Fey, que con sus respectivas caras de susto intentan, y por momentos logran, ocultarnos la falta de comicidad de esta supuesta comedia, acompañados por un elenco efectivo (el mencionado papel de Wahlberg, la pareja interpretada por Mila Kunis y James Franco, que merece muchas más escenas que las que tienen, y Ray Liotta, por enésima vez en su típico rol de mafioso) pero que no alcanza para hacer de esta película una comedia policial equilibrada, con su necesaria dosis de humor, sumada a la acción que no le falta.

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miércoles 16 de junio de 2010

Crítica LE PETIT NICOLAS


Por Leo Aquiba Senderovsky

Aquellos que hayan leído la serie de libros infantiles de la década del sesenta creada por René Goscinny y Jean-Jacques Sempé, tienen sobradas razones para disfrutar esta adaptación cinematográfica, un tanto tardía, pero que posee el encanto de construir un universo infantil atemporal.

Muchas de las cosas que presenta la película de Laurent Tirard, heredadas de su origen en el papel, pueden remitir a una infancia de otro tiempo. Incluso su espíritu naïf puede tener poco que ver con los niños actuales. Pero si asumimos esto, deberíamos poder explicar cuál es el sentido de hacer hoy una película sobre los personajes de esa saga, de la misma manera en que estamos obligados a intentar comprender por qué una ficción como El chavo del ocho logró un éxito en todo Hispanoamérica, sin perder su vigencia cuarenta años después de su producción.

Esta comparación es casi inevitable. En ambas ficciones, predomina la construcción estereotípica de los niños. De adulto, uno puede asociar sin inconvenientes el perfil de determinados personajes de una ficción con la otra (Ñoño con Alceste o Clotaire con Godines, por poner unos ejemplos) y hasta es inevitable preguntarse cómo una ficción construida a base de estereotipos puede sostener su éxito y su vigencia. La realidad es que estos estereotipos seducen a los niños, porque en su mundo no hay espacio para la dualidad, lo ambiguo. Uno de niño se diferencia del resto por rasgos puntuales, y la burla hacia los compañeros parte de determinadas características precisas que los convierten en objeto de burla. Es por eso que, pese a que la infancia ya no es lo que era, pese a que los niños se han informatizado y, producto de ello, carecen de la ingenuidad de épocas pasadas, los estereotipos siguen siendo parte de su modo de constitución, y ficciones como ésta pueden sobrevivir al encanto de museo.

Está claro que El pequeño Nicolás apunta al niño que creció leyendo la saga y también al niño de hoy, porque, a fin de cuentas, el espíritu lúdico no ha cambiado demasiado, y su sencillez le permite instalarse sin problemas en ambas generaciones de espectadores. Las virtudes de la adaptación de Tirard aparecen cuanto más se aleja de la figura de Nicolas y más se acerca, desde la comedia, a la descripción de sus compañeros, entre los cuales se destacan principalmente Alceste, Agnan y Clotaire. Por otra parte, no es casual que los adultos de esta ficción carezcan de nombre propio y que estén descriptos a partir del estereotipo (todo nos acerca al punto de vista del niño), aunque en ningún caso el estereotipo llega a atentar contra la verosimilitud de lo que se narra. La puesta de Tirard se acopla a esa idea de construcción de los personajes, acentuando al máximo la mirada del niño.

El pequeño Nicolás es un producto convencional, no más convencional que el grueso de las comedias francesas que traspasan las fronteras de su país, que posee la cualidad de funcionar en cualquier parte del mundo por su forma de reproducir el universo infantil descripto en las obras originales de Goscinny y Sempé. Un universo ingenuo y gracioso, lleno de travesuras y subrayados, con el que cualquier niño puede sentirse identificado.

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Crítica NANJING, NANJING


Por Leo Aquiba Senderovsky

Tal vez sea por el blanco y negro, por las cruentas escenas o por la necesidad de revelar masivamente un aspecto histórico de la Segunda Guerra Mundial, se ha considerado a Ciudad de vida y muerte como una suerte de La lista de Schindler oriental. Y aunque, junto con la extensa duración, comparte muchos elementos con aquella, las separa un abismo.

Centrándonos en este film de Lu Chuan, podemos decir que la extensión del relato le juega en contra. No por la capacidad o incapacidad de llenar tantos minutos, sino por la forma en que estos están distribuidos. La primera hora de Ciudad de vida y muerte es una sucesión de escenas bélicas donde apenas si pueden detectarse algunos rasgos puntuales de las historias que aquí se pretende contar. El impacto de estas imágenes y la elaborada estilización de las mismas hace que la película avance mecánicamente como un entretenimiento más, hasta llegar a la segunda parte de la película, en la que prima el drama por sobre las escenas de acción, aunque en esta parte Chuan le otorga un espacio privilegiado a describir las violaciones cometidas por los saldados japoneses.

Lo más discutible de la película no es la mirada impúdica de Chuan frente a la sucesión de humillaciones que narra, sino que la película carece de un equilibrio narrativo a lo largo de las más de dos horas de metraje. La predominancia de escenas bélicas en la primera hora opaca el desarrollo de las historias que se plantean, y cuando estas adquieren mayor peso en la película, ya no logran captar al espectador, quien para este punto se ha obnubilado con la perfección técnica y las decisiones visuales que toma Chuan en las escenas de acción. No se trata de la confusión que a un espectador occidental le puede ocasionar un relato coral de soldados y civiles orientales, sino que este relato tarda demasiado en adquirir la presencia y la magnitud que requieren un drama de estas características.

Una de las cosas que más se destacan de la historia es el protagonismo que adquieren las mujeres, prácticamente inédito en este tipo de películas orientales sobre la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, más allá de este mérito y de la loable interpretación del elenco, lo que más se destaca es la ágil e innovadora puesta en escena de Chuan. Una cosa es que, como film bélico, Ciudad de vida y muerte sea tan audaz como entretenido e impactante, y otra muy distinta es que haya podido lograr combinar estos elementos con un relato profundamente dramático como el planteado por Spielberg en La lista de Schindler. En ese desequilibrio entre la excesiva predominancia de lo netamente bélico, y el drama que sólo llega a adquirir relevancia en la segunda parte, radica el principal defecto de este gigantésco espectáculo, decidido a mostrar el horror de la guerra, aunque sin ocultar su principal interés de entretener.


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martes 15 de junio de 2010

Crítica KYNODONTAS


Por Leo Aquiba Senderovsky

Canino es una película difícil. Difícil de ver y difícil de digerir. Su planteo feroz, extremo, y sus consecuencias en la conciencia del espectador son similares a los primeros films de Haneke. En ambos realizadores, tanto en el consagrado director austríaco como en Yorgos Lanthimos, el joven realizador griego de Canino, se evidencia una necesidad por hacer una exposición descarnada de la naturaleza humana. Si tomamos como referencia la ópera prima de Haneke, El séptimo continente, encontramos que, desde dos planteos argumentales diferentes, se ha elaborado en ambos casos un desarrollo narrativo apuntado a mostrar progresivamente el nivel de descomposición y deformación de una familia tipo.

La diferencia entre El séptimo continente y Canino, que se asemejan en la violencia de sus imágenes, radica en que El séptimo continente shockea porque presenta a una familia común que termina fagocitándose, mientras que en Canino observamos la deformidad desde el comienzo. Este film griego premiado en la sección Un certain regard del Festival de Cannes, nos muestra a una familia en la que el padre ha decidido construir un muro entre su hogar y el resto del mundo, y obliga a sus hijos a criarse dentro de los límites de su hogar, sin posibilidades de salir al exterior. Los únicos que conocen lo que hay pasando la puerta de su casa son los padres, y mientras que la madre ha decidido recluirse junto con los hijos, el padre es la excepción porque continúa en contacto con el exterior, ya que sale todos los días a trabajar.

El régimen del padre no se expresa de manera opresiva, pero lo es. El padre no toma el encierro de los hijos como un castigo, sino como un método de crianza de sus hijos. No les exhibe que hay otra opción que se están perdiendo porque las reglas del hogar son esas, sino que les miente permanentemente sobre lo que hay afuera. Cuando escuchan el ruido de un avión, aprovecha para hacer volar un avión de juguete, cuando se presenta alguna palabra que pueda contaminar sus mentes, ésta es explicada con un significado asociado a algún elemento o actividad referente al interior del hogar. De esa manera, los tres hijos, ya adultos, son infantilizados permanentemente, bajo la idea primaria que el mundo exterior puede llegar a pervertirlos. El único elemento externo que se introduce en la casa es Cristina, un miembro del personal de seguridad de la empresa donde trabaja el padre, que es llevada vendada a la casa para que el hijo pueda descargarse sexualmente. Como se ve en el desarrollo de la película, este elemento externo termina pervirtiendo a los hijos, aunque se sabe, no es ella el objeto de perversión, sino la consecuencia inevitable del intrincado sistema de crianza que ha elaborado el padre.

Como se dijo, no es fácil ver este film, y no porque resulte incomprensible, sino porque la necesidad de describir un mundo a la medida de lo deseado por el padre hace que se destinen muchos minutos a la presentación de ese sistema, y a mostrar su aparente infalibilidad. Lanthimos toma para su construcción narrativa y su puesta en escena, la idea de la progresiva descomposición interna del sistema gestado por el padre, y para ello se ve en la obligación de tomarse los minutos necesarios para que el espectador comprenda la perversión de ese sistema, y sólo entonces presentar su quiebre. Si queremos acceder a la real dimensión del experimento que elabora el padre desde sus inicios en la paternidad, debemos observar de qué manera el padre cría a sus hijos, no como niños eternos, sino como mascotas. De allí es que la madre les invente que dará a luz a un niño y a un perro (si los padres desean tener una mascota además de los hijos, un perro no puede ser algo externo a ellos), y de allí es que se suceden una serie de analogías que permiten verlos progresivamente como perros. Esto puede verse en la forma en que los hijos encaran su exploración sexual, sin distinción de género y sin evitar caer en el incesto, y en la idea de estímulo - respuesta que sustenta la educación que el padre le da a sus hijos (la composición de los perversos métodos pedagógicos del padre es, sin duda, el mayor acierto argumental de Lanthimos). A medida que avanza la trama, se presentan escenas mucho más explícitas, que subrayan más de lo necesario esta progresiva animalización de los hijos.

Las decisiones estéticas son otro punto fuerte de esta realización. Lanthimos elabora la puesta otorgándole un peso fundamental al encuadre, de la misma forma que Haneke en su primera película (idea que sustenta toda su filmografía). Apela al desencuadre para presentar la cotidianeidad de esta familia, y encuadra cuando necesita mostrar la transformación física de los hijos en animales, por las posiciones que adoptan sus cuerpos. En cada plano está sostenida la idea de que hay una naturaleza deformada en esta familia, y esta puesta en escena eleva considerablemente su nivel de coherencia estética, si se la compara con dramas familiares de mayor o menor espesor.

La presencia de Cristina contamina la naturaleza aparentemente prístina de los hijos, y la idea de que los pervierta entregándole a una de las jóvenes una copia en video de Rocky a cambio de sexo oral puede resultar cómica, pero si bien sabemos que cualquier película puede provocar el mismo efecto no deseado por el padre, las imágenes del film de Stallone son la semilla del clímax, que sucede a partir de la idea expresada e impuesta por el padre, de que sólo podrán conocer los peligros del exterior una vez que pierdan uno de sus caninos definitivos, y a partir de la progresiva conciencia de los hijos de la enfermedad que se ha construido puertas adentro del hogar.

Este último elemento que se introduce en el relato es un último signo de la enorme coherencia, tanto narrativa como estética, de una propuesta tan extrema y compleja que es incapaz de pasar inadvertida. Generadora de debates posteriores, maravilloso material de referencia si se busca analizar las dimensiones pedagógicas que se juegan en la crianza familiar (aún presentando una sórdida excepción de la misma) y potente en su descripción del nivel de violencia que puede acarrear una educación castradora, Canino presenta a su director como un genial heredero estético de Haneke, aunque totalmente idóneo a la hora de volcar esa herencia en una tesis sociológica sustancialmente diferente.

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Crítica THE SPY NEXT DOOR


Por Leo Aquiba Senderovsky

Cuando una película presenta en los títulos una serie de imágenes de películas anteriores de su estrella principal, sólo puede ser una de dos cosas, un homenaje a esa estrella, o una película que no tiene nada para agregar a su carrera. Como sabemos de entrada que no es lo primero, no nos queda otra alternativa que esperar lo peor.

Muchos han comentado, repasando la filmografía del más famoso representante de las artes marciales en el cine americano actual, que luego de pisar el monte de Hollywood, a medida que su fama crecía exponencialmente, la calidad de sus películas decayó drásticamente. Honestamente, no he tenido la oportunidad de conocer su carrera oriental, y de su ya extensa filmografía americana puedo destacar algunos títulos puntuales, más por su gracia y simpatía que por el nivel de ellas. En este caso, como a todo héroe de acción, le llegó la hora de protagonizar comedias familiares, y pese los desmedidos esfuerzos de Chan por causar gracia, debió enfrentarse con la desoladora realidad de un argumento demasiado obvio y explotado y de una paupérrima puesta en escena.

No faltan las originales coreografías de acción, algo en lo que Jackie Chan es todo un experto. Eso sí, la historia del espía que se enamora de su vecina y debe ganarse la simpatía de sus hijos sin que nadie se entere de su profesión, no convence a nadie. Su inconsistencia radica en la manera básica e infantil en que está planteada (una comedia para toda la familia y apuntada a los niños no demanda per se un desarrollo infantil, sino pregúntenle a Pixar), en la forma en que le cuesta al director de Beethoven, Los Picapiedra y El regalo prometido/Un padre en apuros (otra comedia familiar con héroe de acción, en este caso, Schwarzenegger), combinar su esquemática puesta con las complejas escenas de pelea protagonizadas por Chan, en la falta de comicidad de los gags y en la previsibilidad de la única vuelta de tuerca que pretende sorprender. Hasta aspectos secundarios como la música terminan sumándose a la molestia que provoca el conjunto.

Jackie Chan resulta simpático interpretando el rol del hombre que se esfuerza por agradarle a los niños de su enamorada, pero de tanto que se esfuerza termina mostrándose más descolocado y sobreactuado que otros que pasaron previamente por su mismo rol, como el caso de Schwarzenegger. Sólo resta decir que una película simpática no necesariamente es buena, y si mencionamos que El súper canguro (¿alguien me explica por qué en España se estrenó con este título?) es tal vez la peor película de Jackie Chan en lo que va de su carrera en Hollywood, llegamos a la respuesta que nos anticipa el compilado de imágenes robadas para la secuencia de títulos.

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lunes 14 de junio de 2010

Crítica THE BOOK OF ELI


Por Leo Aquiba Senderovsky

A esta película es posible analizarla a partir de dos aspectos concretos. Por un lado, su construcción del mundo postapocalíptico en el cual sucede la acción. Por el otro, su necesidad de imprimirle a la trama un discurso religioso.

Siete años después de la adaptación de From hell, los hermanos Hughes emprendieron este relato fantástico, con una estética por demás cuidada y con escenas de acción que consiguen agregarle nuevos elementos al género, pero terminan trastabillando al volver excesivamente explícita la línea cristiana que sustenta el argumento, organizando todo de modo tal que todo lo demás dependa del “mensaje” del film.

Centrémonos en los aspectos más interesantes de la película. Para este relato de una humanidad hecha cenizas, se ha elegido una ambientación similar al western, que le aporta algo de originalidad al universo que se ha construido para la ocasión, pese a que esta puesta en escena posee elementos que remiten directamente a un sinnúmero de films por el estilo (lo bueno es que sabe despegarse de otros exponentes postapocalípticos contemporáneos, como The road). Al aroma a western que se respira en el ambiente, lo acompaña la rudeza del héroe en cuestión, interpretado por Denzel Washington, en una de sus actuaciones más interesantes. Mila Kunis sorprende como su eventual compañera de ruta, mientras que Gary Oldman brilla como siempre.

El otro punto destacado corresponde a las muchas escenas de acción que acumula, y que, si bien se despachan con resoluciones propias de Matrix (una variante del efecto conocido como “bullet time”, que aparece en varias oportunidades), en su despliegue tienden a ser más originales que buena parte de los films de acción recientes. A esto se le suma una fotografía exquisita, que reluce incluso más que la propia puesta en escena.

Ahora bien, el componente religioso, que aparece en muchos relatos del fin del mundo (inevitable, ya que el apocalipsis es un concepto bíblico y cristiano), en esta película se convierte en su esencia argumental. Es interesante observar la forma en que se presenta un mundo en el cual la religión parece haber sido sepultada, pero desde el momento en el que aparece el libro, sabemos de qué se está hablando, y la manera en la que todos los caminos confluyen hacia la biblia, tomándola como salvadora de los restos de la humanidad que han subsistido al apocalipsis, hacen de esta una película demasiado pomposa y solemne, elementos que sólo se ven opacados cuando las escenas de acción adquieren el protagonismo necesario.

Afortunadamente, lo pretencioso y las obviedades que acumula no se contaminan con las respuestas que, afortunadamente, no se dan, y que nadie quiere escuchar (como el por qué del fin del mundo, algo de lo que también prescinde The road, aunque aquella se destacaba por ser una propuesta más arriesgada, realista y reflexiva). Un relato fantástico a medio camino de los convencionalismos y del costado solemne del género, y las posibilidades de innovar que tienen los hermanos Hughes.

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Crítica GENTLEMEN BRONCOS


Por Leo Aquiba Senderovsky

Luego de Nacho libre, Jared Hess (Napoleon Dynamite) profundiza en un estilo de comedia muy cercano al trazado por Wes Anderson, con un evidente parentesco estético, aunque con tópicos narrativos diferentes.

La clave de Hess siempre parece ser la extravagancia de sus personajes, que en el caso de Gentlemen Broncos definen los distintos trayectos que recorre el protagonista, el joven Benjamin Purvis, forzado por las personas que lo acompañan. Su madre, un peculiar cineasta con espíritu amateur, la chica que lo acompaña y que establece el contacto entre Benjamin y Lonnie, el director, Ronald Chevalier, el soberbio y pretencioso escritor de novelas exitosas y Dusty, el “ángel guardián” de Benjamin. Todos ellos construyen una aventura alocada y patética que nunca intenta acercarse al desborde, porque encuentra el equilibrio perfecto entre la apatía del protagonista y las particularidades de los personajes que conforman su entorno.

De los secundarios, los rostros más conocidos y los más convincentes son Jennifer Coolidge, en el papel de la madre de Benjamin, y Mike White, un genial socio creativo de Hess, brillando sin más armas que sus habituales señas particulares. Tal vez el mayor riesgo que comete Hess aparece en las ridículas escenas de la ficción de Benjamin, mezcladas con los aun más ridículos pasajes que representan el plagio de Chevalier. Allí la extravagancia que ostenta el elenco termina canalizándose en unas ficciones que, a diferencia de la naturaleza de los personajes excéntricos de la película, carecen de encanto, y poseen como único elemento humorístico su desprejuiciada ridiculez, que nunca llega a generar la gracia que pueden despertar los personajes definidos a trazo grueso.

Hess logra que su puesta en escena brille a partir de los elementos más reconocibles de su cine, y aunque muchos de estos poseen un fuerte vínculo con la estética de Wes Anderson, en Gentlemen Broncos esa extravagancia encuentra su cauce ideal en los apuntes pueblerinos (en Nacho libre ya podía verse esa inteligente composición de aldea) y en el especial vínculo entre Benjamin y su madre, que define el resto de los vínculos, y que termina adquiriendo más presencia que el duelo entre Benjamin y Chevalier, con un demorado desarrollo y resuelto magistralmente en pocas escenas.

Para aquellos a quienes les resultaron desconcertantes los films anteriores de Hess, esta última película, sin caer en concesiones inútiles, desarrolla una historia con un humor más concreto y abierto, y con las constantes que se destacan en una filmografía corta, pero por demás lúcida, y tan extravagante como sus personajes.
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