jueves 29 de abril de 2010

Crítica FROM PARIS WITH LOVE


Título en España: DESDE PARÍS CON AMOR
Título en Argentina: SANGRE Y AMOR EN PARÍS
Dirección: Pierre Morel.
País: Francia.
Año: 2010.
Duración: 92 min.
Género: Acción, comedia.
Elenco: John Travolta (Charlie Wax), Jonathan Rhys Meyers (James Reese), Kasia Smutniak (Caroline), Amber Rose Revah (Nichole), Richard Durden (embajador Bennington).
Guión: Adi Hasak; basado en un argumento de Luc Besson.
Producción: India Osborne.
Música: David Buckley.
Fotografía: Michel Abramowicz.
Montaje: Frédéric Thoraval.
Diseño de producción: Jacques Bufnoir.
Vestuario: Olivier Beriot y Corinne Bruand.
Estreno en Francia: 17 Febrero 2010
Estreno en España: 16 Abril 2010
Estreno en Argentina: 6 Mayo 2010


Sinopsis

“Desde París con amor” cuenta la historia de James Reece, un empleado del embajador de Estados Unidos en París que tendrá que detener a toda costa un atentado organizado en su ciudad. Para ello contará con la ayuda de Charlie Wax, un agente secreto de la CIA que le meterá en situaciones muy peligrosas.



Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky

Esta película parece ser, desde su título, una tardía declaración de principios de Luc Besson, curiosamente no firmada por él (al menos en la dirección, aunque la historia es de su autoría y ha oficiado de productor de la cinta). En veinte años de carrera se ha esforzado por realizar un cine francés a la americana, con importantes incursiones en el cine acción y en el de ciencia ficción, y en el último tiempo hasta se atrevió a probarse como director en una saga de animación (la que comenzó con Arthur y los Minimoys), y lejos de limitarse a la dirección, ha intervenido como productor y guionista en innumerable cantidad de producciones europeas de género, dejando su sello distintivo en prácticamente todas.

Esta huella se nota en From Paris with love, film con actores americanos, un signo típico de la marca Bessoniana (no confundir con Bressoniana), que coquetea con el absurdo característico de algunas películas de acción, particularmente de las “buddy movies”, aunque bastante atenuado por el trabajo en la dirección de Pierre Morel (Venganza), un cineasta que, a diferencia de Besson, posee más oficio que talento.

La introducción anticipa un thriller de espionaje clásico, hasta que aparece en pantalla John Travolta, que en este film se muestra furiosamente desatado, capaz de cualquier cosa. Gracias a la acción de Charlie Wax, su personaje, la película pasa del mundo de los espías al narcotráfico, y del narcotráfico al terrorismo, como si todo eso pudiese caber en una sola película. From Paris… logra soportar todas estas líneas sin que el argumento se desmadre. Por supuesto, siempre y cuando se la tome como lo que es, un entretenimiento absolutamente liviano.

Si intentamos dilucidar las razones del comportamiento de algunos personajes, o el sentido de algunos giros narrativos, ahí sí podemos encontrarnos con un producto sin pies ni cabeza. Eso sí, capaz de transitar feliz por los caminos del desquicio, un camino que le sienta bien a este Travolta, quien llega a citar en algún pasaje de la película a su famoso Vincent Vega de Pulp Fiction. No sucede lo mismo con Jonathan Rhys Meyers, lejos todo atisbo siniestro o ambiguo, algo habitual en sus roles más convincentes. Aquí llega a dar en la tecla cuando el guión le demanda transitar por caminos similares al de Charlie Wax, como en la escena en la que lo vemos completamente drogado. El personaje medianamente ingenuo que se ve en el resto de la película no rescata lo mejor de su estilo interpretativo.

From Paris… posee una buena cuota de delirio, que en manos de Besson podría haber sido mejor explotada. Por lo demás, el film intenta imitar algunos tics del cine de acción americano (el título alude directamente a una vieja entrega de Bond, lo que supuestamente ubica a esta película como una más en el nutrido cine de espías), y en algo de ello acierta, quedándose obviamente en la mera imitación, el resultado final está demasiado lejos de las películas que le han servido de referencia. From Paris… se desarrolla como un torbellino veloz, en poco tiempo intenta arrasar con todo, pero lo consigue a medias, y al terminar la película poco rastro significativo queda de aquel supuesto torbellino. ¿Adónde quedó París y el amor? Sólo Besson y Morel saben la respuesta, por lo que se ve, no la han sabido dar al público.

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miércoles 28 de abril de 2010

Crítica CRAZY HEART

Título en España: CORAZÓN REBELDE
Título en Argentina: LOCO CORAZÓN
Dirección: Scott Cooper.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 113 min.
Género: Drama, musical, romance.
Elenco: Jeff Bridges (Bad Blake), Maggie Gyllenhaal (Jean Craddock), Robert Duvall (Wayne), Tom Bower (Bill Wilson), James Keane (gerente), William Marquez (doctor), Ryan Bingham (Tony), Paul Herman (Jack), Rick Dial (Wesley Barnes).
Guión: Scott Cooper; basado en la novela de Thomas Cobb.
Producción: Robert Duvall, Rob Carliner, Judy Cairo y T. Bone Burnett.
Música: Stephen Bruton y T. Bone Burnett.
Fotografía: Barry Markowitz.
Montaje: John Axelrad.
Diseño de producción: Waldemar Kalinowski.
Vestuario: Doug Hall.
Estreno en USA: 16 Diciembre 2009
Estreno en España: 5 Marzo 2010
Estreno en Argentina: 11 Marzo 2010


Sinopsis

Bad Blake es un cantante de música country destrozado y con una dura vida, que ha pasado por demasiados matrimonios, demasiados años en la carretera y, en demasiadas ocasiones, demasiada bebida. Y, sin embargo, Bad no puede evitar buscar la salvación con la ayuda de Jean, una periodista que descubre al verdadero hombre detrás del músico.


Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky

Los lugares comunes son una tradición de Hollywood, su salvavidas. A tal punto es importante el lugar común para el cine americano, que es fácil afirmar que el público no sólo consume relatos plagados de clichés, sino que además los demanda. En una industria que hoy no muestra signo alguno de renovación, que reprocesa todo lo que ya se ha hecho demasiadas veces, no hay lugar para las historias capaces de huir del cliché. También se sabe que una película no debe estar obsesionada por escapar a los convencionalismos, porque lo más seguro es que esa obsesión la lleve a desembocar en ellos, y la mejor forma para esquivar el cliché es partir de él para generar otra cosa. Esto último ha sido una de las máximas trascendentales expresadas por Hitchcock en la serie de entrevistas realizadas y compiladas por Truffaut, y quién mejor que el maestro del suspenso para hablarnos de cómo se puede partir de los lugares comunes para construir un film con identidad propia.

Crazy heart es una muestra cabal de que a Hollywood, en última instancia, no deberíamos demandarle que nos deje de contar la misma historia, sino que tenga la habilidad para saber partir de ella y para contarnos lo mismo de siempre, pero con elementos distintivos capaces de enaltecer la propuesta. El desarrollo de este film atraviesa todos los tópicos dramáticos que enmarcan la historia de un sujeto en busca de redención, intentando sobreponerse a años de decadencia y apelando a la dignidad que perdió. Ya sea en biopics de seres reales o en dramas enteramente ficcionales, esta historia, con las correspondientes adicciones o estigmas del personaje y con el motivo amoroso que definirá su redención, se ha visto demasiadas veces. Si aún nos atrae no sólo es por la esencia cinematográfica de este trayecto, sino por la pintura de personajes que puede surgir de allí. Muchísimos artistas han protagonizado ese recorrido narrativo, y allí hemos visto incluso a varios personajes asociados a la música country, tal vez porque la Norteamérica árida, de rutas y parajes inhóspitos, y la soledad intrínseca de esas personas, encaja perfectamente con ese camino de redención.

Bad Blake es un sujeto de estos, un cantante country que supo contar con cierta fama, pero que pocos lo recuerdan. Entre ellos, un joven y famoso cantante que llena estadios y que tiene a Blake como su maestro (Colin Farrell, en un papel secundario acorde a su talento), un viejo amigo (Robert Duvall, en clave entusiasta) y una chica que se enamora de Blake y le da la posibilidad de experimentar lo que significa integrar una familia. Pero Bad Blake tiene su propio demonio, un alcoholismo que lo lleva a vivir en constante turbulencia, alejado del mundo y de todo lo que puede ponerlo en contacto con sus sentimientos. Al comienzo del film, Blake parece estar de vuelta de todo, pero allí donde el personaje parecía signado a un destino ruin, aparece la joven en cuestión que le devuelve las ganas de vivir, con una madura interpretación a cargo de Maggie Gyllenhaal.

Todo aquello que se ha descripto hasta aquí parece extraído de un manual de tópicos de esta clase de películas. Sin embargo, hay algunos elementos que distinguen enormemente a la película. En primer lugar, la actuación de Jeff Bridges, felizmente consagrada con un Oscar que viene mereciendo desde hace tiempo. Bridges encarna a Blake con un desparpajo similar al célebre Dude de El gran Lebowski, envolviendo el dramatismo por el que atraviesa el personaje con iguales dosis de ternura y patetismo. Bridges es capaz de dotar de humor incluso las escenas más dramáticas, y con esos elementos consigue encarnar a la perfección la figura de un músico decadente, ya que es en las acciones más patéticas de su personaje donde consigue expresar la sensibilidad de Blake, y el accionar adictivo que constantemente lo pone en jaque.

Por otro lado, más allá del acierto, no sólo de Bridges sino de todo el elenco principal, nos encontramos con un desenlace que, afortunadamente, se aferra al devenir de su personaje y no intenta ser complaciente con él. Lo mejor del film radica tanto en el retrato del ambiente que refleja la música country, como en su necesidad de expresar, sin facilismos condescendientes, la recuperación de la dignidad de su protagonista, expresada a través de la estupenda actuación de Bridges, cuya estatura interpretativa le permite evitar que la sensibilidad de la historia y del personaje se conviertan en mera sensiblería.

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martes 27 de abril de 2010

Crítica LOVE HAPPENS


Título en Argentina: NUEVAMENTE AMOR
Título en México: UN AMOR INESPERADO
Dirección: Brandon Camp.
Países: USA y Canadá.
Año: 2009.
Duración: 109 min.
Género: Drama, romance.
Elenco: Aaron Eckhart (Burke Ryan), Jennifer Aniston (Eloise), Dan Fogler (Lane), Judy Greer (Marty), Joe Anderson (Tyler), John Carroll Lynch (Walter), Martin Sheen (Silver).
Guión: Brandon Camp y Mike Thompson.
Producción: Mike Thompson, Mary Parent y Scott Stuber.
Música: Christopher Young.
Fotografía: Eric Edwards.
Montaje: Dana E. Glauberman.
Diseño de producción: Sharon Seymour.
Vestuario: Trish Keating.
Estreno en USA: 18 Septiembre 2009.
Estreno en España: 1 Enero 2010
Estreno en Argentina: 15 Abril 2010



Sinopsis

Burke Ryan es un exitoso autor de libros de autoayuda que enseña cómo enfrentarse al dolor, pero es incapaz de seguir sus propios consejos. De mala gana, Burke vuelve a Seattle, ciudad que abandonó tras morir su mujer, para impartir una serie de conferencias y cerrar un importante acuerdo publicitario. Allí conoce inesperadamente a Eloise, una florista algo desencantada con el amor que, poco a poco y sin proponérselo, se convierte en la única persona capaz de ayudar a Burke a ayudarse a sí mismo; a la vez que él cada vez será más indispensable para Eloise.


Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky

Se entiende que una película no está obligada a aferrarse a cánones genéricos. Ahora bien, ¿qué sucede cuando en una película los apuntes genéricos se encuentran cristalizados pero sin definirse por un género en particular? Al ver Love happens, lo concreto sería preguntarse ¿Qué es esta película? ¿Es una comedia romántica? ¿Es una comedia dramática? Una película no tiene por qué optar entre un género u otro, se puede transitar por ambos géneros, e incluso se puede entrecruzar innumerable cantidad de géneros. El problema surge cuando esta indecisión genérica atenta contra la historia.

En Love happens tenemos al exitoso escritor de un libro de autoayuda que carga con la muerte de su mujer. A Burke Ryan se lo ve desde el principio esforzándose por inspirar un entusiasmo que no siente, y el bueno de Aaron Eckhart sabe cómo componer un personaje que transita por esa contradicción entre lo que muestra exteriormente y lo que guarda en su interior. Después aparece el encuentro con Eloise, ese esperado romance que se anuncia incluso en el título y en el afiche de la película, y el amor sigue su curso hasta que entra en crisis cuando se reflotan los fantasmas del pasado y hace su aparición, flashback mediante, el secreto cuidadosamente guardado Burke, que terminará explotando sobre el final para que el protagonista pueda reconcilarse consigo mismo y para que el amor pueda volver a dar sus frutos.

En esta película de la que parece destacarse su componente dramático, lo romántico, el género casi excluyente en su promoción (que se decanta por lo que indica falsamente el título), se acota a algunas escenas y a la historia del vínculo con Eloise que recorre tibiamente toda la película, hasta resolverse en una breve escena al final. Vale decir que las expresiones comedia romántica y comedia dramática hacen alusión a algo que es, en primera medida, una comedia. Esto es, que posee un entramado cercano a lo cómico o a cierta gracia o levedad, algo que aquí tiende a brillar por su ausencia.

¿Es drama? Lo lógico sería decir que es un film romántico que deriva en un drama, prácticamente olvidándose del romance en su clímax. Pero tampoco es una película desarrollada en función del drama, ya que al comienzo depende demasiado del vínculo amoroso que se origina entre Burke y Eloise. Si dicho romance hubiese tenido el desarrollo narrativo necesario, si la elaboración del personaje de Eloise no se hubiese atado exclusivamente a la trama romántica, privilegiando así su historia, sus dramas y su personalidad, estaríamos ante una película capaz de integrar coherentemente lo dramático con lo romántico.

Love happens intenta ir por un lado, luego se define por otro y a último momento recuerda el primer camino que transitó, y de esa manera se queda a mitad de camino de todo. ¿Comedia dramática? ¿Comedia romántica? Por momentos drama y por momentos romance, pero sólo por momentos. De comedia ni hablar.

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lunes 26 de abril de 2010

Crítica LOS CONDENADOS


Dirección: Isaki Lacuesta.
País: España.
Año: 2009.
Duración: 104 min.
Género: Drama.
Elenco: Daniel Fanego (Martín), Arturo Goetz (Raúl), Leonor Manso (Andrea), Maria Fiorentino (Vicky), Juana Hidalgo (Luisa), Bárbara Lennie (Silvia), Nazareno Casero (Pablo).
Guión: Isaki Lacuesta e Isabel Campo.
Producción: Xavier Atance.
Música: Gerard Gil.
Fotografía: Diego Dussuel.
Montaje: Domi Parra.
Estreno en España: 20 Noviembre 2009
Proyecciones del BAFICI: 18 Abril 2010


Sinopsis

Martín, un antiguo militante que lleva más de treinta años exiliado en España, recibe la llamada de un antiguo camarada, Raúl, que le pide que vuelva. El objetivo es ayudarle en los trabajos de excavación que Raúl ha iniciado en la selva, con los que intenta encontrar los restos de un compañero de ambos, Ezequiel, desaparecido después de una refriega contra los militares. La excavación organizada por Raúl es clandestina, organizada de espaldas al gobierno, para poder hacer las cosas “a su manera”. Raúl ha reunido en una casa cercana a la excavación a los más allegados a Ezequiel: Andrea (su viuda y antigua amiga común que ahora odia a Martín por haber marchado a Europa en plena lucha); Luisa, la anciana madre; Vicky, compañera de cautiverio de Andrea en un centro de detención, y Pablo, hijo de ésta, que participa en los trabajos como excavador. Un único personaje se ha negado a acompañarles: Silvia, la hija de Ezequiel y Andrea, enemistada hace años con su madre, y convencida de que la lucha armada fue un grave error de la generación de sus padres. Obligados a vivir varios días bajo el mismo techo, los viejos amigos comprobarán cómo su forma de entender el mundo ha cambiado mucho desde entonces. La tensión irá en aumento.


Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky

Es curioso que un director español ruede una película sobre la lucha armada en la Argentina (pese a que esta película no se refiere explícitamente a este país, la elección del elenco habla por sí sola). No es casual que, con pocos meses de diferencia, aparezcan dos películas españolas como El baile de la victoria y Los condenados. Si bien se puede suponer que esta exploración en otros terrenos puede estar relacionada con su eventual distribución internacional, lo que queda claro es que ambas películas, al situarse en momentos turbulentos de la historia de Chile y de Argentina respectivamente, no dejan de referirse a los años oscuros de España que aún cuesta llevar a la pantalla.

Las dos películas refieren a aquel pasado desde el presente, en el caso de la película de Trueba, de forma demasiado lateral y con elementos que se alejan excesivamente del discurso político. En Los condenados, en cambio, Isaki Lacuesta compone un hondo retrato de los hombres que participaron de la lucha armada, con una enorme pericia técnica y dramática.

Lacuesta nos pone en la piel de Martín, un militante exiliado que es convocado por un viejo compañero para participar en una excavación, con el fin de encontrar los restos de otro compañero de lucha. No sin la reticencia típica de aquel que vive intentando dejar atrás su pasado, Martín decide participar en la excavación y reencontrarse con los paisajes selváticos que lo marcaron de por vida. Los primeros planos de la película nos anticipan algo significativo del personaje, un elemento que Martín decide ocultar habilmente durante su estadía en la selva. Antes de viajar lo vemos haciéndose un estudio médico, y sólo hacen falta un par de líneas de diálogo en la excavación para que terminemos de entender el peso de aquel estudio médico del principio, por lo que esa decisión de viajar y revisar su pasado está intimamente relacionada con su necesidad de reconciliarse con los traumas que arrastra de aquellos años infaustos antes que la vida termine por consumirlo.

En la zona de la excavación se encuentra con Raúl, el viejo amigo que lo convocó, conoce a Vicky y a Pablo, el hijo de ella, y se enfrenta con Andrea, quien intenta ocultar el rencor que siente por él desde que decidió exiliarse. Lacuesta compone un film donde el suspenso se entremezcla hábilmente con un profundo relato sobre las heridas abiertas del pasado, con una precisa construcción de personajes. Del elenco se destacan principalmente Daniel Fanego, con su sobria interpretación de Martín, Arturo Goetz (Raúl) y Leonor Manso, con una actuación de sorprendente intensidad dramática, en el rol de Andrea. Uno de los elementos mejor trabajados de la película es la forma en la que exhibe la disputa generacional entre aquellos que llevan en sus espaldas el peso de haber asesinado en el pasado y los jóvenes que desconocen y banalizan lo que implica cargar con un muerto a cuestas (esto puede verse en el aspecto más salvaje y más ingenuo de Pablo, encarnado astutamente por Nazareno Casero), y la manera en que esto se relaciona con el sentimiento de culpa que arrastran los adultos y con la revelación que aparece al final.

Si bien la película posee algunos diálogos forzados que dejan en evidencia la distancia del director con respecto al contexto particular y algunas referencias que intentan poner en paralelo la lucha armada en Argentina con la ETA en España, y con ello esbozar una innecesaria justificación de la elección del director por este relato, Lacuesta consigue construir una historia de enorme intensidad dramática, con enormes méritos en la elección del elenco y en la dirección del mismo (Los condenados llega a la cima de sus intenciones en las miradas y en los silencios sepulcrales de los personajes, que dicen más de lo que callan), y logra elaborar un potente discurso sobre las consecuencias que arrastran aquellos que alguna vez decidieron volcarse a la lucha armada y cargan con el peso de la muerte en sus espaldas. El esfuerzo de Lacuesta por volver universal este relato, llega a buen puerto gracias a su enorme talento narrativo y a la excelencia interpretativa del elenco.

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jueves 22 de abril de 2010

Crítica FIVE MINUTES OF HEAVEN


Título en España: CINCO MINUTOS DE GLORIA
Título en Argentina: CINCO MINUTOS EN EL CIELO
Dirección: Oliver Hirschbiegel.
Países: Reino Unido e Irlanda.
Año: 2009.
Duración: 90 min.
Género: Drama, thriller.
Elenco: Liam Neeson (Alistair Little), James Nesbitt (Joe Griffin), Anamaria Marinca (Vika), Juliet Crawford (Cathy), Mark David (Alistair de joven), Richard Dormer (Michael), Kevin O’Neill (Joe de joven), Pauline Hutton (Sharon), Andrea Irvine (Sarah).
Guión: Guy Hibbert.
Producción: Eoin O’Callaghan.
Música: David Holmes y Leo Abrahams.
Fotografía: Ruairi O’Brien.
Montaje: Hans Funck.
Diseño de producción: Mark Lowry.
Vestuario: Maggie Donnelly.
Estreno en España: 9 Abril 2010
Estreno en Argentina: 27 Mayo 2010


Sinopsis

Lurgan, Irlanda del Norte, 1975. Una guerra civil de bajo nivel se ha ido gestando, con el IRA, que apunta a legitimistas británicos, y la Fuerza de Voluntarios legitimista del Ulster, que exige la venganza contra católicos que ellos consideran militantes republicanos. Alistair Little, de 16 años, es el líder de una célula UVF (Fuerza Voluntaria del Ulster) impaciente por derramar sangre. Él y su cuadrilla reciben el visto bueno para matar a un joven católico, James Griffin. Cuando se perpetra el golpe, Joe Griffin —el hermano pequeño de 11 años del objetivo— ve con horror cómo muere su hermano. Treinta años más tarde, Joe Griffen y Alistair deben encontrarse, ante las cámaras, de cara a una reconciliación. Alistair ha cumplido su condena, y la paz se ha establecido en Irlanda del Norte, pero Joe Griffin tiene otros planes en mente.


Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky

Luego del traspié que significó su paso por Hollywood (con la notablemente anómala Invasion), el director de La caída, el alemán Oliver Hirschbiegel, regresa a Europa con este film político de pequeñas dimensiones, y con un pesado duelo actoral. Cual si fuera un western clásico, la clave del film radica en la espera y la expectativa que crece hasta que estos personajes deciden enfrentarse.

Un hombre que en su niñez ha visto morir a su hermano, decide conocer, con cámaras de por medio, al hombre que lo asesinó. El elemento más curioso y más conflictivo de la película, más allá del apunte político que acarrea al enfocarse en un episodio provocado por la lucha armada en Irlanda, es la descripción que se hace de los personajes. Mientras Alistair, el asesino del hermano de Joe, es un ser que carga con culpas añejas e intenta sobreponerse con la frente en alto, seguro del daño que ha causado y de la sangre derramada inútilmente, Joe ha perdido el juicio, su único motor es la venganza y está decidido a concretarla, aún a costa de su familia. Joe carga con el trauma de haber presenciado la muerte de su hermano, agravada por el maltrato de una madre que vivió acusándolo de no haber hecho nada para evitarla. Al saber que existe la posibilidad de conocer al asesino de su hermano, se decide a ir a por los cinco minutos de gloria que le posibilitaría esa venganza. Si bien parece haber perdido el juicio, es consciente de que esa gloria eventual se reduce a un instante, pero poco le importa lo que puede ocurrir después de esos cinco minutos.

La contradicción que implica ver al hombre que alguna vez fue un joven asesino como un ser sobrio y atemperado, mientras que la traumática víctima de la violencia política pasada se ha convertido en un hombre desatado, es el aspecto central de esta película, y lo que le aporta cierta dosis de originalidad al punto de vista de la propuesta. Esto mismo, en las manos del realizador alemán, termina repercutiendo negativamente en el desempeño actoral, provocando que Liam Neeson en muy pocos momentos pueda lucirse, con un papel que le demanda demasiada economía expresiva, y que James Nesbitt bordee siempre el aspecto más caricaturesco de su personaje, restándole fuerza dramática.

Se agradece que Hirschbiegel se haya bajado del caballo a tiempo y que haya regresado con una historia con referencias políticas, e incluso habría que agradecer que Cinco minutos… no posea la recargada intensidad de La caída, aunque en este caso, Hirschbiegel parece estar más preocupado por construir un relato de suspenso que por poner en escena un sólido discurso sobre las cicatrices de la violencia política.

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miércoles 21 de abril de 2010

Crítica LOURDES

Dirección y guión: Jessica Hausner.
Países: Austria, Francia y Alemania.
Año: 2009.
Duración: 99 min.
Género: Drama.
Elenco: Sylvie Testud (Christine), Léa Seydoux (María), Bruno Todeschini (Kuno), Elina Löwensohn (Cécile), Gerhard Liebmann (padre Nigl), Gilette Barbier (Sra. Hartl), Katharina Flicker (Sonja), Linde Prelog (Sra. Huber).
Producción: Martin Gschlacht, Philipe Bober y Susanne Marian.
Fotografía: Martin Gschlacht.
Montaje: Karina Ressler.
Dirección artística: Katharina Wöppermann.
Vestuario: Tanja Hausner.
Estreno en Austria: 11 Septiembre 2009.
Estreno en España: 2 Abril 2010
Proyecciones del BAFICI (Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires): 10 y 13 Abril 2010


Sinopsis

Christine ha pasado la mayor parte de su vida confinada en una silla de ruedas. Para escapar de su aislamiento, emprende un viaje a Lourdes, el legendario lugar de peregrinaje en el corazón de los Pirineos. Una mañana, se despierta aparentemente curada por un milagro. El jefe del grupo de peregrinos, un seductor voluntario de la Orden de Malta, empieza a interesarse en ella, que intenta aprovechar esa nueva oportunidad para ser feliz, mientras que su curación despierta envidia y admiración entre los demás miembros del grupo.


Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky


Jessica Hausner filma en Lourdes por primera vez después de veinte años, y su película, si bien no intenta atacar la institución clerical, exhibe la cara más visible y más horrorosa de las peregrinaciones a esa ciudad: La utilización mezquina de la fe. De la mano de Christine, una mujer discapacitada, se introduce en el universo de los enfermos que viajan a Lourdes en busca de una cura, y muestra el efecto que produce en un grupo de peregrinos las supuestas manifestaciones milagrosas.

Christine viaja con ellos pero no parece simpatizar con el sentimiento de la mayoría. Se dedica a observarlos, y habla apenas lo justo y necesario. Pero el rostro de Sylvie Testud, quien interpreta fantásticamente ese papel, especialmente en la esforzada composición de la discapacidad física del personaje, lo dice todo. Christine es una peregrina más, pero no va allí a formar parte, como la mayoría, de una puesta en escena del sufrimiento humano. Christine sonríe todo el tiempo, aunque no parece demasiado ingenua y le toca observar de qué manera eso que todos conciben como un milagro, se apodera de ella, revelando la nefasta miseria del resto del grupo, incapaces de disfrutar de la felicidad ajena y desahuciados ante la pregunta, inevitable pero carente de respuesta, “¿Por qué ella y no yo?”

Christine, quien ante el milagro se encuentra atrapada en esa felicidad espuria que genera su aparente cura milagrosa, comienza a vislumbrar la vida que no pudo tener hasta ese momento. Empieza a encontrarle un sentido real al enamoramiento (su interés por Kuno, el voluntario de la Orden de Malta, la lleva a vincularse con él) y sueña con un futuro que hasta ese momento le había sido esquivo. Pero para poder hacer realidad las aspiraciones truncadas por su enfermedad, debe despegarse del grupo de peregrinos, algo que no le es posible, porque su condición de peregrina la coloca a la par de aquellos que, suponiéndose enraizados en una fe sincera, corren desesperados hacia el centro de la fe sólo en busca de una cura, de una salvación, que jamás llega, o se manifiesta de manera efímera.

Para narrar esta historia de sentimientos tan complejos, Hausner apela a un relato cargado de una sutil ironía y a una puesta en escena extraña, que se detiene en las rutinas del grupo como si fueran piezas de una mecánica siniestra, un sistema clerical que invita a la fe a través de la promesa de salvación física. Lo espiritual puede verse expuesto en pequeños modismos cotidianos, mientras que no se llega a tener una real dimensión de las implicancias espirituales de esta peregrinación. Hausner describe esta hipocresía generalizada a través de zooms que permanentemente van de lo particular (Christine) a lo general (el grupo de peregrinos), revelando la imposibilidad de la protagonista de pensar su aparente cura fuera de los límites del grupo. El mayor mérito de la directora es el de construir un complejo relato en el que se fusionan momentos de hondo dramatismo, como la revelación del cáncer que padece una de las monjas que coordina el grupo, con momentos absurdamente graciosos, como las explicaciones de manual que suele aportar el sacerdote, y personajes que con un mero detalle definen la ácida caricatura de aquellas personas que se envuelven en un manto de fe para enmascarar sus miserias. Todo ello siempre atravesado por una pátina de humor sobrio y sugerente, al que no le hace falta sumergirse en lo explícito para elaborar una crítica inteligente, respetuosa y a la vez feroz de esa forma de entender la religión.

Dejando la caricatura de lado, no así la voluntad crítica, Hausner nos entrega una escena final inolvidable y demoledora, en la que aprovecha en tono irónico la canción italiana popularizada por Al Bano y Romina Power, “Felicitá”, para sintetizar el horror en el que se encuentra inmerso Christine, y la hipocresía que lleva a los peregrinos a buscar la salvación a costa de todo.


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martes 20 de abril de 2010

Crítica EL BAILE DE LA VICTORIA


Dirección: Fernando Trueba.
País: España.
Año: 2009.
Duración: 127 min.
Género: Drama.
Elenco: Ricardo Darín (Vergara Grey), Abel Ayala (Ángel Santiago), Miranda Bodenhöfer (Victoria Ponce), Ariadna Gil (Teresa Capriatti), Luis Dubó (Marín), Mario Guerra (Wilson), Mariana Loyola (Lili), Gregory Cohen (Sergio), Ernesto Malibrán (Dr. Ortega).
Guión: Fernando Trueba, Jonás Trueba y Antonio Skármeta; basado en la novela “El baile de la victoria” de Antonio Skármeta.
Producción: Jessica Huppert Berman.
Fotografía: Julián Ledesma.
Montaje: Carmen Frías.
Dirección artística: Verónica Astudillo.
Vestuario: Lala Huete.
Estreno en España: 27 Noviembre 2009
Lanzamiento en DVD (España): 24 Marzo 2010
Estreno en Argentina: 30 Septiembre 2009


Sinopsis

Con la llegada de la democracia, el presidente de Chile decreta una amnistía general para todos los presos sin delitos de sangre. Entre ellos se encuentran el joven Ángel Santiago y el veterano Vergara Grey, un famoso ladrón de cajas fuertes. Sus planes no pueden ser más opuestos. Mientras Vergara Grey sólo quiere recuperar a su familia y cambiar de vida, Ángel sueña con vengarse del alcaide y dar un gran golpe. Pero en su camino se cruza la joven Victoria; las vidas de los tres sufren un cambio total que les llevará a enfrentarse con un nuevo destino.


Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky

Más allá del indudable talento de Fernando Trueba, probado en más de una oportunidad y con un Oscar cosechado en su larga trayectoria, al ver El baile de la victoria uno podría afirmar que la combinación de un cineasta español como Trueba y un argumento anclado en el Chile post-Pinochet no ha sido de lo más feliz. Al romanticismo de la historia de la novela de Antonio Skármeta, que confronta con los antecedentes históricos y políticos que describe, se le complementa la puesta en escena de Trueba, enfocada en maximizar todo el lirismo de la trama.

Si no se jugara la carta del drama con visos políticos, tal vez ese lirismo que le aporta Trueba sería uno de los aspectos más valiosos del film. Lo que sucede es que a la hora de combinar lo poético con un drama que surge de las heridas abiertas por los desaparecidos en Chile, el film apela a una suma de elementos que nunca llegan a integrarse, y que terminan desequilibrando el relato. Algo parecido ocurría con el film inglés sobre los desaparecidos con Antonio Banderas y Emma Thompson, Imagining Argentina, sólo que aquel le sumaba el componente fantástico, con lo que terminaba generando un collage espantoso y forzado, principalmente por la extranjerización del fenómeno de las torturas y desapariciones.

En El baile de la victoria el resultado es mucho más digno, tanto Darín como Abel Ayala (referencia para los argentinos, es el protagonista de El polaquito) se muestran convincentes en la historia, aunque Darín parece estar en piloto automático, su rol nunca llega a tener el peso dramático que aparenta, y el vínculo errático con su mujer y su hijo no se acerca a la fuerza protagónica del vínculo entre Ángel Santiago (Ayala) y Victoria. En tanto, a Abel Ayala le ayuda el hecho de tener mucha más presencia en el relato, y por momentos le aporta el dramatismo adecuado, aunque suele acercarse demasiado a la sobreactuación. Dentro de los roles principales, resta Ariadna Gil, con un personaje que no llega a justificar su presencia, mientras que la revelación de la película es, sin duda, Miranda Bodenhöfer, la Victoria con la que juega el título.

Sin embargo, lo que hace a esta película quedarse a mitad de camino entre las intenciones y los resultados, es la mezcla de tonos y registros, desde el lirismo buscado por Trueba, con varias escenas “embellecidas” y realzadas por una música que fuerza esa búsqueda poética, hasta el policial que se asoma por momentos pero que no se desarrolla como debería (si esto no fuese así, no nos chocaría el cambio brusco de las charlas de café de Vergara Grey/Darín y Ángel Santiago, a la escena del robo protagonizado por ambos) y escenas que, en su pretensión dramática, desembocan en el patetismo, como la de los miembros del jurado que reprueban a Victoria mientras Ángel les narra su traumático pasado.

Se nota que las intenciones de Fernando Trueba y del elenco han sido las mejores, y el lirismo que le aporta Trueba al relato podría ser la base de alguna otra gran película. Aquí, sin embargo, estas pretensiones poéticas deben lidiar con un todo que hace trastabillar a la película, quedando en el medio de un prisma con demasiadas aristas, el intento de narrar las “venas abiertas” de la dictadura pinochetista.

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lunes 19 de abril de 2010

Crítica ICH BIN ENRIC MARCO


Dirección y guión: Santiago Fillol y Lucas Vermal.
País: España.
Año: 2009.
Duración: 90 min.
Género: Documental.
Producción ejecutiva: Oriol Maymó y Víctor Font.
Fotografía: Marc Gómez del Moral.
Montaje: Cristóbal Fernández y Sergi Díez.
Estreno en España: 18 Diciembre 2009
Proyecciones del BAFICI (Argentina): 8, 9 y 13 Abril 2010



Sinopsis

El ex presidente de la principal asociación española de deportados, Enric Marco, emprende un viaje desmitificador hacia su pasado: un viaje en coche a Alemania. Dos años antes, un historiador demostró que Enric Marco no era el resistente que decía ser y que las experiencias del campo de concentración, relatadas durante años en televisión, eran inventadas. Ahora, Marco recorre el mismo trayecto que hizo en tren en 1941 a bordo de un convoy de trabajadores enviados por Franco a Hitler, en plena Guerra Mundial. Ese viaje, que debe conducirlo al penal de Kiel (donde pasó un año acusado de actividades de propaganda comunista, antes de regresar a España), se cruza en varios puntos con el viaje imaginario que tantas veces contó: su viaje desde la resistencia francesa a los campos de concentración en trenes de ganado –el mismo destino que sufrieron miles de republicanos españoles exiliados tras la Guerra Civil. Casi fatalmente, el viaje termina en el campo de concentración de Flossenbürg: ese lugar que nunca pisó durante la guerra; ese lugar donde se forjó a sí mismo como el superviviente que no logra dejar atrás.


Crítica 
por Leo Aquiba Senderovsky

Con su considerable humildad, Ich bin Enric Marco se coloca entre los grandes documentales que adhieren a una concepción moderna de este género, la de presentar más preguntas que respuestas. Ultimamente, los documentales más interesantes y desafiantes no son los que se ocupan de la exposición inteligente de certezas sino los que instalan la compleja incertidumbre de lo real. Para este fin, muchos documentales se colocan entre la realidad y la ficción, otros se detienen en puntos de vista opuestos e irreconciliables (un gran ejemplo de esto es Capturing the Friedmans, si no la vio, véala), y algunos en la mera observación, el recurso documental más sencillo y a la vez, más complejo. De esa manera, un efecto audaz que generan estos documentales es la desconfianza, algo inconcebible para la idea clásica del documental.

La desconfianza que despierta Ich bin Enric Marco radica en la naturaleza del protagonista de este documental, el Enric Marco del título, un hombre que durante décadas fingió ser un sobreviviente del Holocausto. Por ello, esta desconfianza está más cerca de ser una consecuencia del retratado que un efecto buscado en el retrato. Cuando los directores abandonan el prólogo, en el cual se le informa al espectador, mediante diversos testimonios y material de archivo, la verdad que manifestaba este hombre hasta el momento de su impostura, inician el viaje con Enric Marco a los lugares que sí recorrió en su pasado. Para cualquier espectador ajeno al caso, es inevitable ver este viaje esperando que al final se devele una nueva impostura, que Marco revele que ese pasado, el que describe la película, tampoco existió y que es otro invento suyo, como lo fue su paso por los campos de concentración nazis.

Sin embargo, la película no es una desmitificación de otra desmitificación, simplemente es el retrato de un hombre que ha engañado a toda una sociedad con el pasado que adujo públicamente, en medio de un viaje en el que se muestra su pasado real. Un viaje que intenta enfrentarse a la confesión del hombre, pero se encuentra con algo tan natural como siniestro, el testimonio de alguien que, contradiciéndose permanente, no muestra arrepentimiento alguno, porque considera que su engaño no ha sido tal, sino que hizo frente a la necesidad de que alguien con facilidad de palabra pueda construir un discurso basándose en el testimonio real de varios sobrevivientes con menos locuacidad que él.

Esta es la excusa principal que presenta Enric Marco en el momento más dramático del film. Santiago Fillol y Lucas Vermal, los directores, lo observan detenidamente, lo indagan pero fundamentalmente se dedican a observarlo, y en esa mirada se desnuda la naturaleza de un ser tan infranqueable como patético, tan aferrado a su discurso como víctima de su descabellada ambición por ser parte de la historia. La mirada de Fillol y Vermal lo expone sin concesiones, y aunque un espectador desconocedor del personaje y de su impostura puede demandar un prólogo más extenso, o una interacción del viaje de Marco con los testimonios que narran su impostura, la exposición que hacen los directores es elogiable al no desembocar en subrayados o en juicios explícitos.

La simple observación define la opinión de la película sobre este personaje, y en ese sentido, la necesidad de una confesión que se ve resquebrajada hacia el final (el poster del film sintetiza brillantemente la conclusión del film, revelando a un protagonista que accede a revisar su pasado y que amenaza con quebrarse en su testimonio, pero termina sepultando esa opción), genera una enorme incomodidad y plantea interrogantes, que dan pie a un debate posterior, pero que, afortunadamente, el film no se preocupa por responderlos. A Fillol y Vermal les bastó emprender un esforzado viaje con el personaje y seguirlo a sol y a sombra para, confesiones aparte, desentrañar su naturaleza.

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jueves 15 de abril de 2010

Crítica CASE 39

Título en España: EXPEDIENTE 39
Título en Latinoamérica: CASO 39
Dirección: Christian Alvart.
País: USA.
Año: 2009.
Duración: 109 min.
Género: Thriller, terror.
Elenco: Renée Zellweger (Emily Jenkins), Jodelle Ferland (Lillith Sullivan), Ian McShane (agente Mike Barron), Bradley Cooper (Doug Ames), Kerry O’Malley (Margaret Sullivan), Callum Keith Rennie (Edward Sullivan), Adrian Lester (Wayne), Georgia Craig (Denise).
Guión: Ray Wright.
Producción: Steve Golin y Kevin Misher.
Música: Michl Britsch.
Fotografía: Hagen Bogdanski.
Montaje: Mark Goldblatt.
Diseño de producción: John Willett.
Vestuario: Monique Prudhomme.
Estreno en España: 28 Agosto 2009
Estreno en Argentina: 8 Abril 2010



Sinopsis

Emily Jenkins (Renée Zellweger) es una trabajadora social que rescata a una niña (Jodelle Ferland) que, presuntamente, sufre abusos por parte de sus padres. Sin embargo, muy pronto descubrirá que el caso de la pequeña esconde algo mucho más siniestro.



Crítica
por Leo Aquiba Senderovsky

Los niños malévolos aparecen cada vez con mayor frecuencia en el cine de terror. Hay un par de posibles razones para este fenómeno: El horror que esconde un envase aparentemente inocente aún sorprende y vende, o simplemente se debe a que faltan muchas ideas en el cine de terror americano, y hay que seguir extrayendo ideas de películas taquilleras para sobrevivir. Lo curioso de este caso es que Case 39 salió casi en paralelo a La huérfana, otra película con niñita pérfida (La huérfana se estrenó en julio de 2009, mientras que Case 39 comenzó su recorrida de estrenos en agosto, sin haber sido estrenada en Estados Unidos, según información recogida en IMDb), y mientras La huérfana es un ejemplo de thriller sólido, con buen pulso narrativo y sin las obviedades del cine de terror actual, Case 39 es justamente lo opuesto.

Lo primero que llama la atención es la presencia de Renée Zellweger, que hace tiempo no acierta un protagónico decente, y viendo esta película uno piensa que está mal asesorada, o que por alguna razón elige adrede esta clase de proyectos que no la favorecen. Cuando uno la ve en esta clase de films, es difícil no extrañar su histrionismo cómico, el único aspecto que sabe aprovechar su habitual tendencia a la sobreactuación. Sin la carta de la comicidad en la mano, simplemente actúa de tal manera que nos hace imposible creerle una palabra, mucho menos cuando comienzan los sustos de ocasión. A Zellweger no le sirven esta clase de protagónicos, y a la película tampoco le sirve su presencia.

Por otro lado, también llama la atención la espantosa previsibilidad de su desarrollo. Case 39 parte de un caso de violencia de los padres hacia una hija, y luego de la terrible escena climática del caso (con ellos encerrándola en el horno), uno puede establecer dos hipótesis: O los padres están poseídos y/o tienen algo que los hace intentar destruir a su hija, o ella es la causante de esa reacción irracional en ellos. Si la primera fuese la hipótesis correcta, la película terminaría a la media hora. Lamentablemente, sólo nos resta pensar que es la segunda, y ahí se acaba toda posibilidad de sorpresa que podía guardar el film.

Si volvemos a la comparación inicial, notamos que en La huérfana se sabe de entrada cómo se desarrollará la trama, pero aquella no pretende apelar a las sorpresas repentinas y a los bruscas vueltas de timón. Antes que en el terror, La huérfana funciona dentro de la lógica del suspenso, y por ello no precisa más que una minuciosa construcción de personajes y cierta inteligencia a la hora de exponer la tortura psicólogica de la villana que da título a la película. En Case 39, en cambio, la propuesta, que apela permanentemente al efectismo y al susto fácil, que cuando se mete con aspectos psicológicos apela a los traumas del pasado de la manera más llana posible (la escena en la que Lilith, la niña, fuerza a Emily/Zellweger a recordar a su madre es un claro ejemplo de esto), demandaba un desarrollo capaz de interactuar con los recursos efectistas que se ponen en escena, y a los notorios defectos y facilismos del film se le suma un argumento carente de sorpresas y de un mínimo de originalidad.

Si había algo que Case 39 podía llegar a aportar al género, Christian Alvart (quien luego de esta dirigió la también mediocre Pandorum) se ocupa de despejarnos toda duda. No hay nada peor para un director que pretende hacer películas de terror que olvidarse de todo tipo de recursos o ideas visuales mínimamente originales, o de una convincente construcción de personajes. Por eso, en medio de semejante sobreproducción de películas de este género, películas como La huérfana no abundan. Y ni hablemos de Let the right one in, el último exponente internacional que barre con la idea de que el cine de terror es un género bobo e irreflexivo, idea a la que claramente abonan películas como Case 39.

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