
Dirección: Lisandro Alonso.
Países: Argentina, Francia, Holanda, Alemania y España.
Año: 2008.
Duración: 84 min.
Género: Drama.
Elenco: Juan Fernandez (Farrel), Giselle Irrazabal (Analia), Nieves Cabrera (Trujillo).
Guión: Lisandro Alonso y Salvador Roselli.
Producción: Lisandro Alonso, Ilse Hughan, Marianne Slot, Luis Miñarro y Christoph Hahnheiser.
Música: Flormaleva.
Fotografía: Lucio Bonelli.
Montaje: Lisandro Alonso, Fernando Epstein, Martin Mainoli y Sergi Dies.
Diseño de producción: Gonzalo Delgado.
Estreno en Argentina: 30 Octubre 2008
Estreno en España: 24 Abril 2009
Sinopsis
Farrel (Juan Fernández), que trabaja en un carguero, pide permiso al capitán para desembarcar cuando lleguen al puerto de Ushuaia, la ciudad más meridional de Argentina. Farrel quiere volver al lugar donde nació y ver si su madre sigue viva. Durante los últimos veinte años ha trabajado de marinero. Bebe para olvidar, paga a las mujeres con las que se acuesta, no tiene amigos. Al llegar al pequeño grupo de casas cubiertas de nieve donde creció, Farrel descubre que su madre sí que sigue viva, pero alguien más ha entrado a formar parte de la familia.
por Leo Aquiba Senderovsky
Los que ya están familiarizados con el cine de Lisandro Alonso seguramente considerarán inútil esta afirmación, pero nunca está de más aclarar, especialmente para aquellos que desconocen sus anteriores filmes, que el cine de Alonso no es un cine fácil. No es un cine narrativo en el sentido tradicional del término, aunque sería un completo error afirmar que no hay narración en su cine, particularmente si nos detenemos en este último film.
Quizás Liverpool sea la mejor manera de acercarse por primera vez a su cine. En Liverpool, Alonso abre un poco el juego hacia nuevos abordajes narrativos. Es su película más “narrativa”, como han afirmado varios, pero a su vez pasa de circunscribirse a un único personaje, como en sus anteriores películas, a que poco antes de su desenlace, éste abandone la escena y la película, con lo que Alonso termina quedándose con el entorno que este hombre, Farrel, ha modificado luego de su fugaz aparición, tras años de ausencia.
Alonso venía camino a un encierro alarmante. Su película anterior, Fantasmas, era un manifiesto de cine dentro del cine, en el que participaban los dos protagonistas de sus dos películas anteriores vagando por un cine alla Tsai Ming Liang. Que este límite autorreferencial haya aparecido luego de sólo dos películas, suponía un encierro complicado. Ante ese resultado, Alonso comienza a abrir su cine de la mejor manera, sin perder su esencia, sin perder su capacidad permanente de observación y de construir un complejo relato del vínculo de un hombre con su naturaleza y su entorno.
Un hombre solo, como en las anteriores, que en este caso viaja al sur a visitar a su familia. La presencia de él en ese paraje inhóspito, cubierto por la nieve, envuelto en el clima agobiante que el blanco absoluto impone irremediablemente. Farrel llega y modifica en parte el entorno que alguna vez abandonó. Es un hombre que habla poco y lo suficiente, como el resto de los personajes, pero su presencia se hace notar. Bebe constantemente, y el sexo en lugares abandonados en medio de la ruta parece ser algo habitual para su condición de vida nómada.
Alonso abre el juego y en medio de la árida poética de sus planos, en este caso modificados por el tono melancólico e inhóspito que aporta el blanco permanente de la nieve, se topa con algún inconveniente. El mayor está representado por el lugar que tiene la palabra. Un elemento que aparece a cuentagotas en su cine, y aquí hace su presencia para terminar de definir la condición narrativa de Liverpool. Si su solidez visual carece de fisuras, la aparición de la palabra denota una limitación autoimpuesta, una necesidad de esforzarse en no hacerles decir a los personajes una coma de más. Esa obsesión hace que solo el personaje de Farrel hable con convicción, mientras que la falta de experiencia actoral del elenco se topa con un problema sin solución aparente, y a casi todos los actores les cuesta enormemente pronunciar sus contadas palabras, su falta de convicción interpretativa se observa cada vez que abren la boca, como en la escena en la que el viejo le reprocha a Farrel el haber regresado, mientras este descansa. Quizás esa escena, terriblemente dramática, centro absoluto de la relación de Farrel con su entorno y tal vez la escena que más evidencia el salto narrativo de Alonso, podría haberse obviado y muy probablemente el sentido de su regreso y el peso de estos vínculos hubiesen tenido su lectura definitiva tras su abandono final, muy probablemente la ausencia de esa escena no hubiese vuelto incomprensible el relato. La existencia de esta escena y otras, con los problemas de estos actores (mejor decir “no actores), solo da cuenta de un artificio que la película en sí no parece pretender exponer. La excepción a los miembros del reparto que exponen el artificio a la hora de decir sus líneas, está dada por dos personajes concretos. La adolescente, con su constante pedido de dinero a Farrel, que solo requiere de esa frase y del tono con el que la pronuncia para dar cuenta de su discapacidad, y la madre de Farrel, que pronuncia palabras casi incomprensibles, pero establece con él la escena más sólida y más hipnótica del film.
Sin embargo, Alonso no intenta conmover con su cine. Su ascetismo y aridez siempre fueron condiciones esenciales de sus películas, y esta no es la excepción. Farrel aparece, modifica en parte la existencia de estas personas, y en determinado momento se va. Se aleja para siempre del plano y de la película, y es allí donde Alonso termina por abrir el juego. La película no se cierra en él, la historia concluye luego de minutos de adentrarnos en el mundo de esas personas sin Farrel, para mostrar que nada se ha modificado, que todo en sus vidas sigue como si nada. Tal vez nada se haya modificado en su existencia, pero en el cine de Lisandro Alonso, Liverpool es la fiel muestra de una modificación, una ligera variación en su estructura, una apertura del juego que promete seguir profundizándose en sus próximas películas, un poco de oxígeno a una estructura que ya comenzaba a mostrarse ahogada antes de desarrollarse lo suficiente. El cine de Lisandro Alonso no es fácil, pero acercarnos a su particular universo siempre es un placer, y quizás lo que más placer despierte sea la evidencia de las permanentes búsquedas que encara Alonso a la par de su obsesiva perfección formal. Quienes se aproximen a su cine a partir de Liverpool, les queda solo profundizar el camino inverso al recorrido cronológicamente por Alonso, yendo de su película más cercana a lo narrativo, a la pura, poética y concentrada descripción del ritual de trabajo del hachero Misael en La libertad, su laureada ópera prima.
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